POR: SENADOR IVÁN MARULANDA

Las lecciones que dejaron acontecimientos económicos ocurridos en el mundo a partir de la década de los setenta del siglo pasado son importantes para comprender las implicaciones para Colombia de ciertos sucesos que se desenvuelven en tiempos recientes.

 

El año 1973 es memorable en la historia económica contemporánea. El mes de octubre de entonces Jeques despóticos y despiadados que estaban a la cabeza de las familias que dominan con la “dialéctica” de la gumía y el yatagán las tribus nómadas de los desiertos que constituyen las naciones árabes de Oriente Medio, acamparon bajo la sombra de sus toldas itinerantes y fortificados en el cartel de la OPEP quintuplicaron de un plumazo el precio del petróleo. En cuestión de meses la cotización del barril de crudo trepó de US$ 2.50 a US$ 11 y la economía del mundo colapsó.     

 

Nada los intimidó. Incluso los gobiernos de los países más poderosos del planeta, aunque encabados en sus arsenales de armas nucleares, con todo y sus emporios financieros y sus diplomacias arrogantes y prepotentes, más lo duro que les dio el puñetazo, encajaron el golpe.

 

La inflación se regó por el planeta a la velocidad de la luz y la economía mundial se desplomó como castillo de naipes. Al paso del tsunami petrolero por los continentes caían los gobiernos como pines de bolos. 

 

Los árabes no hacen obras internacionales de caridad con sus tesoros, ni se paran en pelos para conseguir con su poderío económico lo que más les conviene. El corcoveo de centros de poder político y empresarial de potencias económicas lo saben amansar con la ceba de sus fortunas y su ilimitada capacidad corruptora con la que acarician las cuentas bancarias de los operadores financieros, los mega negocios de los potentados, fabricantes de armas por ejemplo y el engrase de las claves del poder político en las cúpulas de los gobiernos y los parlamentos.

 

¡Ya se puede imaginar lo que resistirá la estructura porosa y corrompida de las instituciones políticas colombianas el cañonazo de la primera propina saudí!   

 

Es bueno tener claro lo que viene pierna arriba con la noticia de que inversionistas árabes posaron sus ojos melancólicos “de yo no fui” en Colombia, apuntalados como vienen en dictaduras sanguinarias y corruptas, desprovistas de leyes predecibles. Se trata ni más ni menos de poderes autoritarios y arbitrarios que permanecen desplegados e invictos sobre el tapete de los escenarios internacionales más encopetados, amparados en sus tesoros no obstante su ostentación de desprecio por los derechos humanos.

 

Quien quiera ilustrarse acerca de lo que es capaz de hacer la satrapía saudí, solo tiene que asomarse a las noticias sobre el reciente asesinato del escritor árabe Jamal Khashoggi, columnista del Washington Post, a manos de agentes de la dictadura encerrados en la propia sede de la Embajada de Arabia Saudita en Estambul.

 

Colombia tiene su propia experiencia fresca, no tan azarosa pero sí inquietante si se observa con ojo crítico. El reciente envión de inversionistas árabes en el intento de sacar oro del subsuelo en el santuario ecológico del Páramo de Santurbán que aprovisiona de agua a cerca de tres millones de colombianos, no es cualquier indicio. Ni se inmutaron ante la dimensión de la catástrofe ambiental y humanitaria que podían ocasionar. Vaya usted a saber con qué complicidades cuentan en Colombia para que pudieran siquiera intentar semejante intrepidez, intención en la que aún no se dan por vencidos y que solo pudieron detener por el momento 30.000 ciudadanos con sus comunidades detrás, que se apersonaron como terceros intervinientes ante la Agencia Nacional de Licencias Ambientales -ANLA- para atajar el estropicio. 

 

Por estos días supimos que los árabes quieren hacerse a la mayoría accionaria del Grupo Empresarial Antioqueño (GEA), empezando por NUTRESA y SURA, para luego saltar ¡qué sé yo! a ARGOS y BANCOLOMBIA… “y la noche que llega”, la presa es excitante.

 

Dinero les sobra para venirse de compras por estos lares después de haberse cargado con valiosas propiedades en los países más ricos del mundo a lo largo de estos 50 años que han pasado luego del embargo petrolero del 73, su movida maestra que los dotó de capacidad infinita para mercarse cualquier propiedad sobre la tierra.

 

La noticia de las OPA debe asimilarse bajo la lupa de reflexiones más allá de los signos de pesos y de la animación que le traiga al enclenque y monótono mercado bursátil del país. El futuro económico y social que le depararía a Colombia esta avalancha de dólares y la naturaleza misma de los inversionistas, debieran observarse con visión estratégica que incorpore riesgos políticos, culturales incluso, que traerían consigo estos posibles socios en patrimonios y fuentes de riqueza colombianos.

 

Habría que preguntarse por ejemplo lo que pasaría con las inversiones de estos excéntricos socios en Colombia al momento que se desatara otra no improbable, aunque indeseable guerra en Oriente Medio.

 

Pudiera hacerse el parangón con Colombia cuando padeció su propia guerra contra el terrorismo en las décadas de los 80 y 90, que tuvo precisamente epicentro en Medellín donde nació y permanece el GEA. Esas empresas, sus accionistas y administradores siguieron firmes en su lugar, al lado de su país y sus comunidades, sin parar de invertir ni de crecer.

 

Igual cosa puede decirse del largo periodo de los últimos 70 y más años de violencias generalizadas e implacables protagonizadas por bárbaros de todos lados, instrumentadas desde partidos políticos, guerrillas, organizaciones paramilitares, incluso desde el propio Estado y signadas por atrocidades que traspasan de lejos lo que la imaginación más perversa pueda crear. En medio de esas vergüenzas hemos podido construir y conservar lo que tenemos, ahora en buena parte bajo la mira de petrodólares sin historia patria ni corazón.

 

La experiencia de la humanidad ha venido enseñando con dolor y como lo más elemental, que la simple acumulación de riqueza considerada fuera de contextos más complejos, termina por arrojar consecuencias morales y materiales ruinosas y catastróficas. Los desenlaces medio ambientales que estremecen a las actuales generaciones de seres humanos y las amenazas que se ciernen sobre la prevalencia de la vida en el planeta, dan claras pruebas de ello.

 

Las empresas del Grupo Empresarial Antioqueño -GEA-  como cualesquiera otras colombianas de singular importancia, son acumulados de infinidad de esfuerzos, acontecimientos y factores que terminan por reconocerse fundidos en la energía y en la historia de la comunidad misma y en la propia historia nacional. El ingenio, la austeridad, el trabajo, la disciplina, la solidaridad, en fin, la forma de vida, la cultura y el ahorro de las gentes colombianas crearon a lo largo de decenios y de siglos estas entidades económicas emblemáticas, que en el camino han pasado de pocas a muchas manos y de unas manos a otras casi siempre dentro del mismo espacio social y geográfico. En el camino se han atravesado incontables circunstancias adversas, vaivenes económicos y políticos propios de nuestra América Latina.

 

No se puede perder de vista entonces, que si las joyas de la corona pasan de golpe de manos propias que conocemos a manos ajenas que desconocemos, ese tejido histórico y cultural incorporado en el ADN social de las empresas deja de existir y esas instituciones pasan a ser para la región avisos extranjeros que empiezan a viajar hacia otros destinos y otras historias, bajo el pilotaje de protagonistas inescrutables que no alcanzaremos en generaciones a comprender.

 

Digamos que esas historias propias de nuestra comunidad social y económica, quién sabe si política, se van de las manos. Dejan de ser nuestras historias y patrimonios sociales, de los que somos y hemos sido todos en mayor o menor medida dueños y protagonistas y pasan a ser fajos de billetes en pocas manos a lo mejor aturdidas y desorientadas por el cimbronazo de los acontecimientos y la magnitud de las cuantías.

 

Este asunto no es romántico, tiene qué ver con lo que pudiera ser otra forma de seguridad social, más amplia que la convencional. Se trata de entendernos a nosotros mismos como pueblo y como sociedad y de dimensionarnos desde el conocimiento y la experiencia que dejan la historia con sus realizaciones económicas incluidas, para asumir nuestro destino común con la memoria de ciertas seguridades de supervivencia y bienestar.

 

A todas estas es tiempo de que los colombianos aprendamos que la economía doméstica no puede estarse exponiendo a la bulla de los cocos de cantos de sirena y embelecos intelectuales que anuncian falsos progresos y modernidades que al final de cuentas terminan dejando frustraciones, ruinas y descalabros. Por ejemplo, del salto sin paracaídas al vacío de la apertura económica nos queda el execrable trasunto tener uno que otro ricachón, pero ser la segunda sociedad más inequitativa y desigual del hemisferio americano. Claro ¡al 2022 entramos con el 43% de la población en condiciones de pobreza!

 

Las estadísticas que dan cuenta del daño son elocuentes. Según el Banco Mundial la participación del sector agropecuario colombiano en el PIB pasó del 17.5% en 1986 al 7.6% en 2020; la del sector industrial pasó del 36.2% al 23.9%; el manufacturero cayó del 22.5% al 11%. Por otra parte, la CEPAL estimó que los salarios de los colombianos en 1986 eran alrededor del 41% del PIB, mientras el DANE reporta que en el 2018 fueron el 35%.

 

Es decir, los sectores de la economía que generan empleos de calidad y democracia social salieron perdiendo en el puerto de destino al que desembarcamos con la apertura, sin dejar de mencionar la depredación ambiental que da vergüenza y grima. Mientras, sectores que ofrecen seguridad alimentaria, equilibrio en los ecosistemas, paz y desarrollo sostenible en el campo, así como trabajo formal y estable a las multitudes urbanas, se dejaron a la intemperie y se hundieron en el embeleco de la globalización sin salvavidas que arrancó a finales de la década de los ochenta. No solo a Colombia le pasó, también al mundo entero. El cambio climático, la crisis financiera mundial del 2008 y la recesión global a la que nos arrastró la pandemia, hablan por sí solas y a las claras de esos fracasos.  

 

Ahora se viene lanza en ristre sobre la frágil economía colombiana, preciso cuando el país está en manos de poderes políticos desorientados, descaracterizados y corruptos, el torrente de dólares saudíes que ya no encuentran sobre la faz de la tierra dónde más acomodarse y que no solo vienen de pasatiempo por aquí para ver vitrinas y husmear, sino que llegan para comprarse de contado lo mejor que encuentren del país. Les hace coro de compañía la misma catilinaria de la sapiente libre competencia y la sabiduría de los mercados, propagadas desde fuentes de poder desalumbradas y por lo demás, interesadas en lo que les llega a sus playas en la estela de los supra negocios especulativos.

 

Espero que las elecciones del 2022 cumplan la promesa de cambiar el entable y el pensamiento de los poderes públicos en Colombia y traigan dirigentes más perspicaces y agudos, capaces de entender las complejidades de la realidad doméstica, las realidades internacionales, los desafíos que enfrenta la humanidad en estos tiempos de pandemia y cambio climático, las complejidades de la interacción del país con ese abstruso contexto externo y claro está, las lecciones de la historia.

 

Ya llegará entonces la hora de que los centros de poder de Colombia se pregunten si las instituciones del país están preparadas para administrar y acoplarse a procesos tan agresivos e impredecibles como las OPA e instrumentos de comercio leoninos que trazan canchas de juego disparejas como los tratados de libre comercio con potencias económicas. Sin que se pretenda llegar por supuesto al encierro de absurdos nacionalismos. Las cosas de la inteligencia nada más.

 

Habrá que preguntarse por lo demás, cual sería el impacto en la economía de la liquidez exuberante de dólares o de pesos según se den las cosas, fruto de la liquidación de las OPA que están en marcha y de otras posibles que vengan. Si traen revaluaciones o devaluaciones del peso, que desborden la capacidad limitada de controles a discreción del Banco de la República, si es que el flujo de torrente monetario que traigan esas operaciones resulta exorbitante frente a la oferta de otros productos financieros que se ofrezcan en la bolsa local a los inversionistas colombianos metidos en el baile millonario, si es que su actitud y su comportamiento, tan ligados a los temores por la seguridad interna y a sus afectos hacia la evasión de impuestos en sus conocidos paraísos fiscales.

 

Sería bueno preguntar si alguien está analizando el impacto de estas diferentes versiones de lo que puede ocurrir sobre la deuda externa, por ejemplo, no olvidemos que ya el 20% del presupuesto de la nación se va en la atención de la deuda. Y claro está, lo que pasaría con las exportaciones y las importaciones en cualquiera de los casos.

 

Por lo que he visto desde el Senado, en la burocracia del Estado no hay nadie interesado en estas cosas, lo que quiere decir que esta fiesta de las OPA es de pelo suelto, con los cueros al aire libre, sin vacuna ni tapabocas. Lástima, con todo lo que nos ha costado tener lo poco y mucho que tenemos.

“Trabajo para dejarle a las nuevas generaciones el futuro que soñé para mí”

Iván Marulanda - Senador de la República

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